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CUENTO BERMEJINO: TÍA ANGÉLICA

Por Rubén Vigo

Ya hace quince años que vivo en Lima, pero si hay algo que no puedo, ni quiero olvidar, es El Bermejo. Allá nací por el 73, en esas tierras donde vivían los Huarpes con su cacique Ycano a la cabeza. Al lugar lo llamaban el Cuascarile, que significa en aquel idioma vivo y escondido en los secanos, “silencioso valle”, así era su nombre original, me lo recuerdo cargado de arboledas, formando en el verano interminables túneles verdes de plátanos regados por venas de frescas acequias.

Cada quién con sus melancolías. Yo me aferro con los dientes al cruce de la Mathus y Avellaneda, al triángulo que no es un triángulo, me lo acuerdo como si lo tuviera en frente. Mi compañera Matilde me dice, -deja ya la Internet, almorcemos, todos los sábados lo mismo, te pones a escuchar el Parral de la Mosquitera en esa radio, ya, ven a comer-. Yo nunca almuerzo temprano los sábados, con los auriculares puestos, mi cabeza se va de viaje meta tonada y cueca, me voy metiendo hacia adentro, sonrío solo, me descubro de nuevo. Ese mediodía, Matilde, todavía no se había arrimado a mi oreja para reclamar, estaba a distancia mientras sonaba… allá por san raaafaeeelll… ¡qué belleza! A la radio llegaban los saludos de la gente, yo siempre mando los míos desde Lima, me hago llamar el menduco limeño, y envío abrazos, me siento más cerca, qué se yo, la voy llevando desde tan lejos. Pero ese sábado, en uno de los tantos saludos se escucha: -besos para todos ustedes de Angélica Villamid- ¡Mierda!, quedé duro en el sillón, me estiré para atrás con las manos en la nuca, blanco, transparente quedé, miré hacia todos lados buscando ayuda, alguna explicación, alguien que entienda,

-Angélica de la calle Génova les deja saludos… y sigan así-, ERA LA VOZ DE LA TÍA ANGÉLICA llamando al programa. -¡¡Matilde veníii, vení!! ¿escuchaste?-, qué iba a escuchar si estaba lejos, y entonces repetí

-¿escuchaste, escuchaste?-, y no, no había escuchado, -¡era Matilde!…-, le dije casi gritando, -¿y quién es Matilde?-, me dijo, -mi tía-, respondí, -no me has contado nunca de tu tía-, me replicó, y me corrió un frío por la espalda al decirle -es que esa tía murió hace quince años-. Apenas pude escribir, mandé el mensaje, y me quedé esperando que contestaran de la radio. Silencio. Simplemente silencio. Se cortó la transmisión.

De la Tía Angélica me recuerdo su andar bamboleándose como la de una barcaza, cruzaba la Mathus como si nadie viniera, era dueña del carril, tantos años viviendo ahí, ella pensaba a El Bermejo con menos autos, se había quedado en el tiempo. Los camiones le hacían viento en la pollera y ella sonreía. Hermosa la Tía. Cuando me fui a Lima ya era vieja la pobre. Me despidió desde la casa, decía que no aguantaría verme ir en el micro, y así fue, quedó sentada y hamacándose en la reposera con los ojos hacia el norte, traspasando fronteras, mirando para donde me había ido y por donde no iba a regresar. Yo nunca más le escribí, así somos los humanos, partimos y nos olvidamos de las querencias, nos olvidamos de la gente que hizo tanto por uno. La Tía se levantaba en las heladas mañanas del invierno Bermejino, esas de hielo en los pastos amarillos, en las hojas secas revolcadas por el viento, y me despertaba con una café con leche caliente y unas tostadas repletas de manteca y dulce de higo -para que empiece fuerte el día m´hijo, déle, coma que se me va a enfermar-. Después con la barriga repleta y caliente me iba para el cole, ahí nomás, antes de la Avellaneda, eran dos trancos y estaba. Feliz, así recuerdo aquella vida a la distancia. La felicidad dentro de uno se arma de a poco, se construye, se idealiza, las alegrías vienen de afuera para acurrucarse dentro de uno y así apretaditas las tengo. Padres se puede decir que no tuve, se murieron ahí nomás, tenía cuatro años, la puta, que pocos. Me hice solo, bueno solo no, con la Tía, fue una madraza, la Tía fue todo. En El Bermejo la adoraban. Ayudaba a los pibes de la calle, se los encontraba cagados de hambre, ahí, sentados en las acequias, o mirando la panadería, y se los llevaba, les hacía un gesto nomás, con la cabeza, así, la inclinaba para una lado, y los pibes ya se les habría la sonrisa en la panza. A veces uno se tiene que ir lejos porque la propia tierra te espanta, te empuja, te saca a los palazos, no te da laburo y hay que emigrar, -los inmigrantes somos gente que nos movemos bajo el mismo techo y derecho- me decía un viejo viejo de acá del sur de Lima. Por qué será que las propias patrias no son de todos y en vez de eso son de pocos.

Y acá ando de melancolías, todavía sin almuerzo, -se me cortaron las ganas Matilde-, le digo y le pido perdón mientras me arrimo a la ventana mirando al sur. El sol ya está en lo alto de los edificios de Lima y en los barrancos rumorea el mar de Sábado. No puedo creer que la Tía ande abrazando al Poroyán, o al Edgardo, o al Tato, que los cuatro estén sentados en la radio y ella le ande cebando mates y dándole tortitas raspadas tibias mientras la música se hace dueña del aire. No lo puedo creer, pero me da unas ganas che que así sea.

 

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