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LOS SANTIAGOS

Por Rubén Vigo

Desde tiempos remotos, los Santiagos vienen haciendo desastres en el mundo ordenado. No se sabe cuándo ni cómo nacieron esos revoltosos, pero que ya había en la antigüedad, no les quepa la menor duda. Para algunos, los Rocas, la humanidad estaría más segura si los Santiagos no hubieran nacido, si a causa de algún error en el orden establecido, provocado por un Santiago antecesor, no se hubieran engendrado estos seres, nada más ni nada menos que desde el amor. Porque al final de cuenta, el amor pareciera ser el origen de todos los males, de todo el desorden, el que se inicia una noche, y por qué no una tarde o una mañana, entre dos que se aman y deciden construir la esperanza. Los Santiagos ven a la vida como un ir y venir, un armar y desarmar, un detenerse horas mirando las flores, un tomar arena en el puño para ver como se escurre entre los dedos, sólo por verla caer. Cómo explicarles a los Rocas para que entiendan, con qué palabras convencer a los duros y ordenados creadores de fronteras, que para los Santiagos, no existen las fronteras, que son seres libres, que pueden estar hoy levantando una chapa de esa casa caída, sólo para recibir un abrazo o un mate en vez de una moneda. Es que los Rocas, hace mucho que inventaron la patria, a punta de sable y plomo, y alambrados que vinieron después, llegaron donde había otros cazando, donde había otras revolviendo unos guisos raros que ellos desconocían, hablando de una forma que tampoco entendían y les dijeron, “esto ya no es suyo”. Así, como dueños de lo que no eran dueños, o sea de lo ajeno, apuntaron y dispararon, y a pura sangre de los otros, robaron la tierra que no era de ellos y se la repartieron para hacer una patria que sí sería de ellos. Nunca los Santiagos vieron con buenos ojos esto, y cada vez que veían la injusticia salían a protestarles a los Rocas, primero trataban de hacerlos entrar en razón, pero era como que estas gentes no entendían, no escuchaban, y los Santiagos se daban cuenta porque a la primer palabra, aún cordial y justa, recibían un palazo. Los Santiagos han recibido palazos durante toda su historia, porque siempre van donde para otros sería peligroso, tienen en las venas, o en el pensamiento, un don de ver a todos como iguales, o tal vez sea que ver a la humanidad como iguales no sea un don sino una forma de vivir más justa. En el mundo, como dije, siempre hubo Santiagos, y Juanas, y Migueles, y Anas, siempre hubo y habrá, porque claro, es imposible para los Rocas andar descubriendo a quienes aman, salvo cuando se les paran delante y les dicen hasta acá llegaron. Es ahí donde los Rocas anotan nombres, descubren rostros, y arman una especie de archivo de Santiagos para después ver qué hacen con ese desorden, con esos seres que ven al amor solidario como forma de vida.

Los Rocas siempre necesitaron de complicidades, porque no son muchos, es más, a lo largo de la historia siempre supieron que son pocos, muy pocos, pero eso sí, piensan, están convencidos que les pertenece todo. Los Rocas para dominar andan buscando las complicidades, lo hicieron y lo harán, tratan de convencer con engaños, compran con dinero, y como tuvieron la precaución de tener siempre las armas a su favor, las usan contra los Santiagos cada vez que lo necesitan.

Lo que saben los Rocas, y eso siempre les preocupa, es que cada vez hay más Santiagos y Gracielas y Beatrices por todos lados, y por más que intenten callar sus voces, los Santiagos y las Gracielas y las Beatrices siguen y se multiplican en nombre del amor, en nombre del prójimo, porque la vida es vida si se va de la mano, y porque todas y todos seguiremos preguntando, ayer, hoy y siempre ¿Dónde está Santiago?

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