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AÑO DE ELECCIONES, ASÍ EN PLURAL

Por Analía Millán

Desde que era niña recuerdo que algunos años eran especiales. Escuchaba decir frases tales como que “y sí, es año electoral”… para mí, era más o menos como cuando decían, “y sí, este año es bisiesto”. Para el caso, sabía que sería un año distinto, complejo, difícil. Ambos años, cada cual en su especificidad, explicaban climas que se sentían en la sobremesa, en la calle, en las discusiones. Anunciaban algo.

Hoy me encuentro con esa misma muletilla, casi como mandato. Y al preguntarme el sentido de esa explicación (permítaseme la redundancia) tan de sentido común, tan llena y vacía a la vez, quise al menos abrirme a otras preguntas, a qué cosas moviliza un año electoral, qué ponemos en juego como apuesta al destino común y al propio, qué esperanzas, si las hay. Qué retrospectivas hacemos, cómo estábamos antes y cómo ahora. Respecto a los años bisiestos, a la astrología y sus efectos en la vida cotidiana no podría escribir. Los astros son misterios que comandan las mareas de este mundo. Ahora que lo pienso no tan distinto a la política, que comanda la realidad, aunque no la veamos salir como al sol.

Nuestro país viene en picada. No es ninguna novedad. Caída libre que en un breve lapso de tiempo nos desordenó los días, la vida, la familia. La política es una práctica que debiera generar condiciones estructurales para el bien común de una sociedad. La política es práctica, es hacer (o no hacer) para que podamos desarrollarnos: estudiar, laburar, tener un emprendimiento comercial… pero también es la política la que debe garantizar las condiciones para que la vida sea posible, y por ello en nuestro país tenemos acuerdo social para que la educación, la salud, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la cultura, el deporte, entre muchos otros ámbitos, sean pilares políticos para nuestra sociedad.

Cuando esos pilares van cayendo, caemos con ellos. Inevitablemente. Porque sostienen nuestro andar diario, el de nuestra familia, el de nuestros amigos y amigas, el de la gente del barrio. Hagamos por un ratito el ejercicio de desnaturalizar nuestra rutina, cualquiera sea. Por caso, tomaré relatos de gente cercana para ilustrar cómo la política sustenta todo el esfuerzo que a diario le ponemos a nuestra vida.

“Me levanté a las 6 de la mañana. Desperté a los chicos. Antes nos levantábamos un rato más tarde, porque vivíamos más al centro, pero el alquiler se hizo impagable y nos fuimos a lo de mis suegros. Es más lejos y a trasmano, pero al menos, no pagamos alquiler. Preparé el desayuno. Hoy hay leche, porque ayer fui al mercadito y dije, más sí, llevo 3 sachets, un acto revolucionario para el magro ingreso que tenemos. Mientras la pongo en el jarrito para calentarla pienso que viene más aguada. De paso prendo el horno, para calentar un poco la cocina. Mis suegros no prenden las estufas porque no pueden pagar luego la factura; él jubilado, ella no llegó a la moratoria de la jubilación de amas de casa, sin embargo trabajó toda la vida, y ahora, con sus casi setenta, sigue limpiando casas para sumar unos pesos. Justo cuando salíamos, llegó el gordo, con los ojos rojos de cansancio… Cómo me gustaría que lo reincorporen a la empresa, lo suspendieron hace dos meses porque se declaró en quiebra… y empezó a trabajar como remisero con el auto. Anda filtrado el gordo. Nos alcanzamos a saludar, ahora nos vemos así, de pasada, él hace horario de noche, porque es lo que consiguió. Miro la hora, se nos hizo medio tarde. Ya casi listos, bufandas, puestas, camperas, y tomar el colectivo. Ahora tomamos dos. Yo hago tiempo mientras están en la escuela, sino voy y vuelvo, y es mucho tiempo, y cuatro pasajes diarios. Imposible. Dos días trabajo en la casa de una señora; le leo cuentos y novelas, y le hago compañía. Quién hubiera dicho que leer se convertiría en un trabajo; empecé también a vender productos de cosmetología por catálogo a la salida de la escuela, que van muchas mamás. Pero somos varias en el mismo rubro, por la misma razón. Volvemos a la casa. Mi suegra hace la comida al medio día, así los chicos se pueden ir a jugar a la plaza a la siesta que está lindo, dice ella, es una santa. Yo me encargo de los platos, y las compras. Y así nos hemos ido organizando. Mi hija más grande estaba estudiando en la facultad, pero agarró un trabajo en la feria y ha tenido que cursar menos materias, al menos la convencimos de que no deje, aunque se demore un poco más. Y con su platita al menos tiene para las fotocopias. Este año no le salió la beca Progresar porque el gordo aún tenía trabajo.”

Estos relatos están atravesados por las acciones u omisiones de la política. Es allí donde opera el poder que tiene en nuestra vida. Cuando alguien se autoproclama apolítico quizás no dimensiona que está inmerso en ella, que por mucha garra, y por mucho “yo tengo que salir a laburar gobierne quien gobierne”, no es sólo su propio esfuerzo, es su esfuerzo en un sistema de condiciones provistas por un modelo económico, social, cultural, político que permite escenarios favorables o desfavorables. Vivimos en un mundo en el que somos parte: nos afecta y afectamos. No alcanza con mi esfuerzo, con el tuyo… hace falta mirar más al costado, la solidaridad, las manos entrelazadas, las fuerzas potenciadas con otros y otras. Y así también mirar el año electoral, mirar qué nos pasó en estos años, mirar para atrás, y soñar para adelante. Y en el hoy, sostener lo más que podamos para que nadie se caiga al pozo oscuro que cava el neoliberalismo, de manera sistemática y constante, en cada espacio de nuestras vidas.

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