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LOS PELIGROS DE LA MENDOZA CONSERVADORA

Y los desafíos del feminismo para el cuidado de la vida ante la rearticulación fascista pro-vida

 Por Feria Ameri-Cano

Desde hace unos meses, militantes feministas y organizadoras de la feria ameri-Cano, comenzaron a recibir hostigamientos por parte de una vecina pro-vida recién llegada al barrio Cano. En este caso la condición migrante y militante barrial feminista son los depositarios del odio que emana de los sectores más conservadores y fascistas de la sociedad, que hoy en día sienten el aval estatal y moral de gran parte de la sociedad para actuar en la más completa impunidad.

El día 29 de junio comenzaron a ocurrir una serie de hechos violentos que  llevaron a sufrir una golpiza en su hogar a Alicia Maldonado, luego un linchamiento a ella y sus compañeras Florencia Urzúa y Camila Randis, en la propia comisaría. Los hostigamientos y amenazas continuaron con intervenciones de policías armados en las casas de las compañeras y con departamentos marcados con amenazas de muerte y agresiones.

Las compañeras agredidas son parte de un proceso colectivo que ha ido construyendo un tejido social, que ha transformado al barrio en una experiencia de prácticas no neoliberales para enfrentar las violencias patriarcales, que se manifiestan en todos los ámbitos de la vida. Nos armamos un cuerpo disidente para enfrentar este sistema de odio y opresión que pone como campo de batalla el cuerpo de las mujeres.

La Feria Ameri-Cano es el resultado de un proceso de trabajo comunitario que lleva 5 años, lo vivimos como un cuerpo colectivo que desborda, aborda y contiene en sus estrategias, posibilidades de resistencia ante la violencia desatada como respuesta a la organización, de un pensar y un mover todo aquello que nos violenta. Queremos ser otra humanidad.

Queremos salir, habitar y encontrarnos ocupando espacios con deseo de gestar y construir nuevos modos de existencias que implicaron ensayar estrategias de autonomías, que fueron dando forma a nuevas economías y relaciones de afección y cuidado, fuera de la violencia del mercado, de la iglesia y del estado patriarcal.

El ser feriante es una anomalía que desata modos de existencias que van por fuera y acciona adentro, por fuera de las identidades normalizadas comenzamos a buscarle soluciones a nuestras economías que se ampliaron en fiestas y sociabilización de saberes, que fueron fortaleciendo los procesos asamblearios como estado de discusión y resolución desde los cuerpos, para y con ellos. Logramos pensar cooperativas de trabajo, peñas, grupos de lecturas, asistencia a la violencia de género y acompañamiento de deconstrucción de la violencia, nos ampliamos con otras, hoy somos 300 feriantes. El vórtice de la ciudad se cruza en nuestra plaza, desde el barrio Cano, en alianza con las mujeres del barrio San Martin y de la sexta sección, hemos tramado una articulación con diferentes organizaciones feministas y de derechos humanos para pensar otras relaciones, otras formas, otros modos para politizar los malestares, para no enfermarnos, para poder seguir con vida y para entregarnos al desafío de que podemos hacer un cuerpo común de afecciones, que transforman un adentro, que disputan una fiesta, nuestra fiesta con la risa, con el baile y la conversa feminista. Al patriarcado lo vamos a tirar, eso será una fiesta para la humanidad.

Ante la violencia y la reacción ensayamos la autodefensa y la organización. Pudimos visibilizar la alianza que los sectores conservadores tienen con la policía -una alianza de protección y tercerización de la violencia- que escapa de lo que antes podríamos entender, nos agredieron por putas, chilenas y aborteras. Ellos/ ellas están protegidos, sienten la impunidad que este gobierno ha sabido volver a re vivir, lo vemos en los fallos judiciales en la televisión, agitadores del odio y responsables de la represión. Están en sus casas tramando con la vieja complicidad civil de la dictadura militar una nueva caza de brujas.

La práctica feminista logró visibilizar lo que estaba sucediendo en una serie de hechos concretos -desde que se aprobó en diputados la media sanción por el aborto legal- queremos estar fuera de los típicos accionares tradicionales de defensa militante. Ya no son válidos porque terminamos encanadas, muertas o violadas. Sentimos que tenemos que avanzar en otras formas de defensa. Una de las compañeras feministas de 26 años decía: -“Acá donde la alianza macabra se articula, cual dictadura, podemos decir con firmeza que no tenemos miedo”.

La disyuntiva de punitivismo frente a los feminismos es un tema que se nos viene encima, como la tercerización de la violencia que realiza el sistema policial en otros cuerpos a cambio de protección. La violencia institucional va adquiriendo otras formas que se componen de nuevas alianzas para controlar el territorio y fortalecer un estado represivo post-democracias, post-humano.

 

En el camino desbordamos imprecisas, sin límites. Explotamos los circuitos burocráticos de la economía punitivista. Sentamos en nuestra mesa a autoridades políticas y tejemos alianzas inexplicables desde la lógica burocrática partidista patriarcal, andamos todas juntas, no paramos de tejernos, de reinscribirnos en una historia que mucho tiene de pasado, pero que baila, torpe y a veces sin saberlo, los pasos de un tiempo otre. Ese tiempo que tiene hilos de los tejidos de las indias, de las cautivas, de las brujas, de las sufragistas y las divorciadas, hilos de pañuelos de las abuelas y madres de la plaza, de las detenidas, torturadas, violadas y desaparecidas de la dictadura más sangrienta y monstruosa, de las que no encontramos, de las que pararon con ollas populares los avances atroces del neoliberalismo y piquetearon y fogonearon en la ruta, recuperando fábricas, de les disidentes, de las tortas, y de las que no pudieron quemar… acuerpadas, ansiosas, en manada, cansadas y con frío, andamos hermanadas y revueltas.
El feminismo para nosotras es una herramienta de deconstrucción de todo orden patriarcal, que nos permite ver con claridad cómo se articulan todas las fuerzas políticas y burocráticas, para mantener la sumisión de nuestros cuerpos y que no corra peligro la reproducción de este sistema, que sólo nos garantiza muerte y exclusión. No somos el útero del capital, y vamos a decidir sobre nuestros cuerpos. Esa es nuestra lucha.

Situaciones de violencia en distintos puntos del país:

  • Dos mujeres adolescentes fueron golpeadas en pleno centro de la capital puntana por el simple “pecado” de portar pañuelos verdes en sus mochilas, y esta semana, cuando personas pertenecientes a organizaciones eclesiásticas coparon una charla organizada por agrupaciones feministas en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL) interrumpiendo el desarrollo de la misma y terminándola a los empujones e insultos.
  • A un grupo de mujeres que festejaba en Jujuy la media sanción del proyecto de Interrupción voluntaria del embarazo las castigaron con un baldazo de agua hirviendo.
  • En La Matanza, Gabriela Guerreros, pastora pentecostal que expuso en las audiencias informativas en Diputados, fue amenazada e insultada: “Abortista y asesina. Feminazi”.
  • Una chica de 12 años que llevaba el simbólico pañuelo verde fue brutalmente golpeada por una embarazada (17 años) en una plaza de la localidad bonaerense de Claypole, partido de Almirante Brown.
  • En Córdoba un efectivo policial amenazó con “hacer puntería sobre pañuelos verdes” y fue echado.
  • En La Rioja, un médico anestesista del Hospital de la Madre y el Niño amenazó con torturar mujeres: “En mi guardia los abortos se harán sin anestesia”, expresó. Otro médico amenazó con “moler a palos” a las que quieran abortar.
  • En Cipolleti, provincia de Río Negro, un grupo de adolescentes esperaba el colectivo en una plaza central apenas entrada la noche. Una de ellas llevaba el pañuelo verde atado en la mochila. Una mujer mayor se acercó y las insulto. “Putas. ¿Por qué no se cuidan con anticonceptivos?”, les gritó.

 

 

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