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LA LUZ MALA

Fue un resplandor que me despertó, me asomé a la ventana y quedé enceguecido, me arrodillé y recé hasta que amaneció, ni para vendimia tanta luz. Al día siguiente, todos se despachaban en los alrededores del triángulo con alguna frase más o menos creíble y las infaltables más estúpidas. El título en primera plana de los diarios despejó dudas, “OVNI PASÓ POR MENDOZA”, “UNA RÁFAGA BLANCA CONMOVIÓ A LA CIUDAD”. En los diarios de Buenos Aires y los noticieros de televisión: “MENDOZA LA CAPITAL DE LOS PLATOS VOLADORES”, “MENDOZA ILUMINADA DESDE OTRA GALAXIA”, “EN LA LOCALIDAD DE EL BERMEJO LLEGARON DE MARTE”. Algo importante había ocurrido y nos había tocado a nosotros, los mendocinos, con más exactitud a los bermejinos. Bingo. Los más destacados cerebros de la zona pidieron una reunión urgente de las fuerzas vivas, había que aprovechar comercialmente el suceso, imaginaban turistas por todos lados, extranjeros con dólares y euros comprando artesanías en la Plaza de las Flores, alquiler de largavistas, caminatas nocturnas al cauce del Guaymallén, viaje en bicicleta  donde aterrizó el ovni, charlas pagas con vecinos que dialogaron con los extraterrestres, la Teresa embarazada por un marciano, y los más beneficiados, los del telo La Luna, el telo combinaba perfecto con la nueva realidad de la zona, “SACÁ TURNO EN LA LUNA, UN LUGAR PARA VER LAS ESTRELLAS”. Las fuerzas vivas estaban exultantes, uno más creativo que el otro, todos tiraban ideas, se les caía la baba por la comisura de los labios y se restregaban las manos, podía ser el surgimiento de nuestro pueblo, los hostel y cabañas llenos, hasta alquiler de piezas en casas de familia.

Era importante mantener lo agreste del lugar, que siga pareciendo, no los suburbios de Mendoza, sino una zona de campo, casitas bajas, chimeneas, los turistas son muy proclives a lo exótico, en cuanto ven algo de ciudad se escapan y no creen más en los versos que uno les puede hacer, preferible así, las veredas inexistentes, los pozos de la Mathus, las acequias repletas de yuyos, y hasta ese olor a podrido que surge en algún sector. Campo, a los turistas les gusta, se enloquecen por lo que a uno le da asco o le genera problemas.

Lo notamos de a poco, al pasar las horas un olor a azufre fue invadiendo las calles, callejones y cada vez se hizo más potente. Las viejas y viejos empezaron a salir a la calle, y mientras con la escoba apartaban hojas, haciendo montoncitos y prendiendo fuego, se inició algo contraproducente que ya no se pudo callar, porque las charlas por El Bermejo son peor que un monopolio mediático, y si entran a circular, no hay quien las pare. -¡El olor a azufre es por el diablo!- dijo Marité. CAGAMOS. Las fuerzas vivas bajaron inmediatamente los brazos, desde ese momento supieron que todo sería en vano. La Marité insistió, que el mismo resplandor fue Satanás que había abierto una grieta en la tierra y se había aparecido por la zona, los primeros culpables por supuesto, los telos, albergues transitorios o como le llamen, antro de pecados, ¡quién otro más culpable! Desde ese momento se agotó la sal gruesa en El Bermejo, yo mismo intenté recorrer boliche por boliche y nada. El cura de la Capilla no daba a vasto, se le armaban colas interminables que llegaban hasta la plaza. La gente se confesaba, pedía consejos, le rogaba que fuera a su casa a limpiarla. El pobre, agotado, pidió que sacaran turno por teléfono, por guasap, estaba cansado pero feliz de ver tantos fieles. Al pasar los días, todo fue más ordenado, el padre almorzaba tranquilo y hasta se tiraba a dormir la siesta. La gente se quedaba esperando en la calle sin moverse, llevaban algo para comer, y así, aprovechando la multitud, empezaron a llegar vendedores de bebidas, choripanes, parripollos y sanguches de jamón crudo. Se notaba que algunos creyentes no eran de la zona, entre charla y charla se iba descubriendo a gente de Las Heras, de Godoy Cruz, y hasta una viejita como de ochenta años con su nieta que venía de Luján.

No todo está perdido, y se reunieron de nuevo las fuerzas vivas. Si no eran los marcianos, que importaba que fuera Satanás, el tema es que llegaba más y más gente a El Bermejo. ¡Hay que comprar azufre! Todos salieron desesperados en busca de azufre por las químicas de Mendoza, se armaron hornillos en las esquinas, en las acequias, hasta el típico olor a parripollo quedó tapado. El Bermejo, era el mismísimo infierno.

Pero, siempre hay quien te pincha el globo, y apareció un nuevo ángulo de análisis, el de José, “el trapito”, estaba en el bar del Melli, y medio jugando medio en serio, mientras dominaba con destreza una botella de cerveza inclinando el vaso para que no haga espuma, dijo -la luz no fue el diablo, ni satanás, ni los marcianos. Eso, compadres, fue un meteorito, y caió acá, ¡E N  L A  L O C A L I D Á!-. Hay que ver con la cara de boludos que lo miramos todos, hasta se dio vuelta uno que esperaba una muzza en la barra, tenía los ojos turbios, de mal dormido, de rezar toda la noche, y apretando fuerte el Rosario en las manos prestó atención, por las dudas. -Así es, lo que caió en El Bermejo fue un meteorito-. El “trapito” tenía calle, sacaba su diaria cuidando autos en la ciudad, cerca de la plazoleta Alem, el roce con gente que sabe le había dado fama para comentarios científicos como ese. -Les voy a decir por qué creo que caió por acá, llamame al Merlín-, dijo serio, el Merlín siempre andaba cerca de los boliches buscando quien le tirara algo de morfi, en cuanto le gritaron Merlín… Merlín…, el perro ya estaba ahí. -Mirenlón, mirenlén el pelo-, el pelo del Merlín estaba erizado, en punta, perecía un puercoespín. Desde la mesa pegada a la ventana, un curda que dormitaba con la frente apoyada en el plato vacío, dijo sin levantar la vista, -es por la MUGRE huevón-, el “trapito” se enfureció, no por lo de huevón, sino porque no le creyeran, y gritó, -¡el Merlín está así por la ESTÁTICA!-, y mientras se escuchó un uuuuuhhhhh apagadito, de asombro, le pasó la mano suavemente sobre el lomo, sobre los pelos duros, erizados, el perro se quedó quieto, asombrado, porque siempre le metían patadones por los huesos y quién era éste que lo acariciaba. Los pelos no cedían, se tumbaban al paso de los dedos y volvían a mirar al cielo. En la mesa del trapito se habían juntado como quince a escucharlo, cuatro sentados, el resto haciendo rueda. El Sergio estaba feliz, vendía más y más cerveza, más y más vino, -Otra muzza- gritó Tito.

De las fuerzas vivas se supo poco, ya no aparecieron tan seguido por el bar, y El Bermejo, volvió a ser lo que es, un lugar tranquilo, repleto de estrellas, callejones con curvas y murmullos por las acequias.

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