La comunicación concebida como un derecho social exige analizar los fenómenos que moldean nuestra cultura, entre ellos, la figura del ídolo como eje de identidad. En el tránsito hacia la democratización de la palabra, es vital reconocer que “un ídolo es una imagen de un dios” que cumple una función poderosa en el inconsciente colectivo, marcando profundamente el carácter de los sectores populares durante su formación. Entender esta influencia es el primer paso para fortalecer los vínculos comunitarios y defender nuestra soberanía cultural frente a representaciones impuestas.
En el ámbito de lo público, la idealización de los liderazgos suele simplificar realidades complejas, ocultando la heterogeneidad de los movimientos sociales. Cuando se deposita una confianza ciega en una figura única, se corre el riesgo de que “se pierda en deliberación es decir, se pierde en pensamiento crítico se pierde en debate interno”. El compromiso con una sociedad más justa demanda que la ciudadanía no delegue su capacidad de análisis, sino que mantenga una discusión permanente sobre los rumbos políticos de su comunidad.
Respecto a la esfera artística, la responsabilidad social de quienes se exponen públicamente es ineludible. No se trata solo de la calidad estética, sino del compromiso ético con el pueblo que consume su obra. En este sentido, resulta fundamental exigir honestidad intelectual, pues “no me pinta mucho el artista que por ganar unas monedas o por ganar un poco más de guita le baja la calidad a su arte”. La cultura popular debe ser un espacio de excelencia y no un mero producto de entretenimiento vacío.
Sin embargo, el mercado atraviesa hoy tanto la ideología como el arte, creando a menudo figuras que evitan posicionarse por temor a perder seguidores. Ante esta mercantilización de la subjetividad, es necesario reclamar coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, reconociendo que todos habitamos un sistema que nos condiciona. El desafío es achicar la distancia entre el discurso y la práctica para evitar que los ídolos se conviertan en meras herramientas de dominación cultural y económica.
Finalmente, la mejor herramienta para el ejercicio de la libertad es la humanización de quienes admiramos o enfrentamos. Al bajar a los ídolos del pedestal, logramos ver sus “bemoles” y errores, lo que nos permite una relación de ida y vuelta más democrática. Reconocer que “humanizar al otro sea como sea… genera cosas más sanas” nos devuelve la capacidad de ser protagonistas de nuestra propia historia, construyendo identidades basadas en la solidaridad y el respeto por la diversidad, y no en la obediencia ciega.
Invitamos a profundizar en estas reflexiones y a formar nuevos criterios escuchando el audio completo de las columnas: