En la antesala de una votación clave por la modificación de la ley de glaciares, la voz de Jéssica Gentile, referenta de la Red Ecosocialista, retumbó con claridad: no se trata solo de una ley, sino de quién se queda con el agua. Y la respuesta, para quienes defienden los territorios, es contundente: el pueblo o las corporaciones.
Desde La Mosquitera recogimos el pulso de una lucha que crece. Jésica denunció el carácter “no vinculante” de las audiencias públicas, señalando que funcionan como una puesta en escena para legitimar decisiones ya tomadas. Sin embargo, esta vez algo se quebró: la masiva participación logró nacionalizar el conflicto y romper el cerco mediático. La calle volvió a ser protagonista.
“Si no nos dejan soñar, no los vamos a dejar dormir”, lanzó, sintetizando la bronca y la organización que se viene gestando. La movilización reciente, multitudinaria incluso en territorios alejados de la cordillera, dejó en evidencia que el debate ya no es técnico ni abstracto: es sobre la vida.
El diagnóstico es crudo. La reforma abre la puerta a que gobernadores (alineados con intereses extractivistas) definan qué es glaciar y qué no, habilitando el avance de la megaminería sobre zonas clave para el ciclo del agua. Lo que está en juego no es solo el hielo visible, sino todo el ecosistema periglaciar que sostiene ríos, producción y comunidades enteras.
La referente también fue tajante al denunciar el clima de hostilidad vivido en el Congreso: maltratos, chicanas y un desprecio sistemático hacia quienes fueron a defender el agua. Pero lejos de amedrentar, esa violencia institucional dejó al descubierto el miedo de un gobierno que no esperaba una respuesta popular de tal magnitud.
Frente a un escenario donde el proyecto podría aprobarse, la apuesta no se agota en el recinto. “Este miércoles no termina nada en el Congreso, pero empieza todo en la calle”, afirmó. La estrategia es clara: multiplicar la organización, fortalecer redes plurinacionales y sostener la resistencia en cada territorio.
Además, desarmó uno de los discursos más instalados: discutir cuánto dejan las mineras es aceptar el saqueo. La experiencia de países como Chile muestra que mayores regalías no compensan la destrucción ambiental, el desplazamiento de comunidades ni la pérdida de soberanía sobre los bienes comunes.En un contexto de crisis hídrica creciente, la defensa de los glaciares es también la defensa de la vida. Y como supieron demostrar los pueblos de Mendoza, Chubut o Famatina, cuando el agua está en riesgo, la respuesta nace desde abajo y no se negocia.
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