Humedales en Mendoza: advierten sobre su fragilidad y reclaman mayor protección

Los humedales, ecosistemas clave para la biodiversidad y el equilibrio ambiental, se encuentran en una situación de alta vulnerabilidad en Mendoza, una provincia caracterizada por su clima árido. Así lo explicó la investigadora del CONICET Solana Tabeni, integrante del Instituto Argentino de Zonas Áridas (IADIZA), al analizar la importancia y el estado de estos sistemas en la región.

Según detalló, cerca del 75% del territorio argentino corresponde a zonas áridas o semiáridas, lo que convierte a los humedales en reservorios estratégicos de agua y vida. En este contexto, Mendoza forma parte de la denominada “diagonal árida”, donde estos ecosistemas —muchas veces temporarios— cumplen funciones esenciales para la supervivencia de múltiples especies.

Más que ríos: sistemas invisibles pero vitales

Lejos de limitarse a grandes cursos de agua, los humedales incluyen lagunas temporarias, bañados, salares y pequeños cuerpos de agua que pueden aparecer tras lluvias y desaparecer en períodos secos. A pesar de su carácter efímero, estos ambientes sostienen complejas redes de vida.

“Estos sistemas, incluso los más pequeños, son fundamentales porque sostienen biodiversidad, muchas veces invisible, como invertebrados acuáticos que son alimento para aves migratorias”, explicó Tabeni.

En Mendoza existen al menos tres sitios de relevancia internacional protegidos por la Convención Ramsar: la laguna de Llancanelo, el sistema de Guanacache y la reserva de Villavicencio, lo que evidencia la importancia ecológica de la provincia a nivel global.

Un ecosistema poco estudiado y con alto valor biológico

Uno de los casos más recientes de estudio es el sistema de humedales Leyes-Tulumaya, ubicado entre Maipú y Lavalle. Se trata de un ambiente históricamente poco investigado, donde recién en los últimos años se comenzaron a relevar datos sistemáticos.

Los resultados preliminares revelan una biodiversidad significativa: cerca de 200 especies animales y alrededor de 40 especies de plantas, en su mayoría nativas. Este dato resulta relevante, ya que la baja presencia de especies exóticas indica un alto grado de resiliencia del ecosistema.

Sin embargo, los especialistas advierten que este patrimonio natural se encuentra amenazado por múltiples factores, entre ellos la expansión agrícola, el avance urbano y la degradación ambiental.

Presiones ambientales y falta de regulación

Entre los principales riesgos identificados se destacan la reducción de los cuerpos de agua, la quema de vegetación nativa para ampliar áreas productivas y la contaminación por residuos.

Además, algunos humedales han experimentado procesos de desaparición total, como el caso de la laguna del Viborón, que dejó de funcionar como sistema acuático y evolucionó hacia otro tipo de ambiente.

En este escenario, Tabeni subrayó la necesidad de avanzar en políticas públicas que garanticen la protección efectiva de estos espacios, incluyendo su posible declaración como áreas naturales protegidas.

Ciencia, comunidad y participación ciudadana

Desde el ámbito científico destacan también el rol de la comunidad en la conservación de los humedales. Iniciativas de “ciencia ciudadana” permiten que cualquier persona registre especies mediante fotografías y contribuya a bases de datos abiertas, generando información clave para la investigación.

Actualmente, Mendoza cuenta con más de 220.000 registros de biodiversidad aportados por ciudadanos, lo que demuestra el potencial de estas herramientas para fortalecer el conocimiento ambiental.

Asimismo, el trabajo conjunto con escuelas y comunidades locales permite integrar saberes científicos y conocimientos tradicionales, promoviendo una mayor conciencia sobre el valor ecológico y cultural de estos ecosistemas.

Un patrimonio en riesgo

Los especialistas coinciden en que los humedales no solo representan reservorios de biodiversidad, sino también parte de la historia natural y cultural del territorio. Su degradación implica la pérdida de especies, pero también de saberes y prácticas asociadas a las comunidades.

En este sentido, advierten que la conservación de estos ambientes requiere un enfoque integral que articule políticas públicas, investigación científica y participación social.

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