A 20 años del inicio de la construcción comunitaria de la Escuela N.º 1-737 “Máximo Arias”, en El Puerto, Lavalle, el documentalista territorial Miguel Ángel “Patán” Purpora recupera una historia de organización, solidaridad y derecho a la educación. El próximo 25 de septiembre se proyectará “Guentota, una escuela para el Puerto” en la sede central del SUTE.
El documental recupera la historia desde las voces de quienes la protagonizaron. Hay escuelas que parecen haber estado siempre ahí. Como si fueran parte natural del paisaje. Pero no todas nacieron de esa manera. Algunas fueron primero un sueño, después una necesidad y finalmente una construcción colectiva. La historia de la Escuela N.º 1-737 “Máximo Arias”, de El Puerto, Lavalle, es una de ellas.
A 150 kilómetros de la ciudad de Mendoza, en el secano lavallino y cerca del límite con San Juan, una comunidad comenzó a preguntarse cómo garantizar que sus hijos pudieran estudiar sin tener que alejarse durante semanas de sus hogares. La respuesta no llegó rápidamente desde las instituciones: durante años, fueron las propias familias quienes organizaron, reclamaron, gestionaron y finalmente levantaron las paredes de su escuela.
Una escuela para terminar con el desarraigo
La historia comenzó frente a una problemática concreta: las distancias y las condiciones territoriales obligaban a niñas y niños del secano a concurrir a escuelas albergue, permaneciendo entre 14 y 15 días fuera de sus casas para regresar apenas unos pocos días.
Las escuelas albergue cumplen una función fundamental en territorios donde las distancias y la falta de infraestructura dificultan el acceso cotidiano. Pero para las familias de El Puerto esa modalidad también significaba un profundo desarraigo.
“Los chicos tienen que estar albergados entre 14 y 15 días por cuatro o cinco días que están de vuelta en la casa”, nos cuenta Patán en la entrevista. La consecuencia era una infancia atravesada por una realidad escolar separada de la vida cotidiana de sus familias y de su territorio.
La situación llegó a tal punto que algunos niños lloraban, se escapaban o se resistían a subir al transporte que los llevaba a la escuela albergue. Las familias comenzaron entonces a buscar otra respuesta: querían una escuela cerca de sus hogares.
De la demanda al ladrillo
La pregunta que disparó el proceso fue sencilla y profundamente política: ¿cómo hacer para tener una escuela propia en el territorio?
Patán recuerda que fue Ramón Azaguate quien le planteó esa inquietud y que, a partir de allí, comenzaron las gestiones y las asambleas. Se convocó a personas de la comunidad, representantes institucionales y quienes pudieran aportar conocimientos o herramientas para avanzar.
Las notas dirigidas al Ministerio de Educación no obtuvieron respuestas durante meses. Incluso se argumentaba que la cantidad de estudiantes no justificaba la creación de una escuela.
Pero la comunidad siguió organizándose.
Ante la falta de respuestas, comenzaron actividades educativas comunitarias: apoyo escolar, educación para personas adultas y distintas propuestas sostenidas voluntariamente por quienes se acercaban desde Mendoza.
Hasta que en agosto de 2006 llegó un momento decisivo: se clavó la primera estaca para comenzar a levantar el edificio.
A partir de entonces, la construcción fue una tarea colectiva. Materiales, asesoramiento, transporte, trabajo voluntario y donaciones llegaron desde distintos lugares. Una comunidad del secano y personas de otros territorios fueron haciendo posible, paso a paso, aquello que durante años había parecido imposible.
“El objetivo de esto es saber que esa escuela la hizo la gente. O sea que no estuvo siempre ahí.”
La escuela como motor de la comunidad
La experiencia no terminó en El Puerto. La construcción de la escuela produjo un efecto multiplicador en otros territorios del secano.
La iniciativa impulsó la creación de escuelas en La Majada y El Cabadito, y posteriormente otra experiencia en la posta de los Médanos. En La Majada, la llegada de la escuela comenzó a generar movimiento y desarrollo local: familias que se acercaron, puestos que comenzaron a instalarse y nuevas dinámicas comunitarias alrededor del espacio educativo.
La escuela dejó de ser solamente un edificio destinado a dar clases. Se convirtió en un núcleo de encuentro, organización y desarrollo comunitario.
Y aquella matrícula que alguna vez fue considerada insuficiente terminó demostrando otra realidad: alrededor de la escuela comenzaron a circular más de 100 estudiantes, mientras crecían también la infraestructura y los servicios del lugar.
Educación pública, territorio y organización comunitaria
La historia de El Puerto vuelve a poner sobre la mesa una pregunta vigente: ¿qué significa garantizar el derecho a la educación cuando el territorio tiene enormes distancias, caminos difíciles y comunidades históricamente postergadas?
Para el documentalista, la respuesta está también en recuperar la capacidad de las comunidades para organizarse y exigir que sus derechos sean respetados.
El propio proceso demuestra que la escuela no fue simplemente una obra que apareció desde arriba: fue una demanda construida desde abajo, sostenida por familias, trabajadores, docentes, organizaciones y personas solidarias que decidieron poner recursos, tiempo y trabajo para hacerla realidad.
Y, al mismo tiempo, la experiencia muestra una cuestión central: la comunidad pudo construir y sostener el reclamo, pero la escuela pública finalmente necesitó de una decisión estatal para garantizar maestros, celadores, cocineros y el funcionamiento institucional.
Por eso, aquella experiencia comunitaria también interpela al presente: el derecho a la educación necesita territorio, comunidad y políticas públicas que garanticen su existencia.
Una memoria construida en primera persona
Patán nos cuenta que el documental no busca simplemente mostrar una producción audiovisual, sino conservar un testimonio real sobre lo que puede hacer una comunidad cuando se organiza alrededor de una necesidad propia.
Es también una memoria para las nuevas generaciones. Los niños que aparecen en los registros de aquella construcción hoy son adultos, tienen sus propias familias y pueden contarles a sus hijos que esa escuela que forma parte de su paisaje cotidiano no estuvo siempre allí: fue construida por la comunidad.
Por eso el documental adquiere una dimensión que excede lo audiovisual. Es archivo popular, memoria territorial y testimonio de una experiencia de organización comunitaria que dejó huellas concretas en el secano mendocino.
“Lo que puede hacer la comunidad.” Ese es, uno de los sentidos centrales de recuperar esta historia.
“Los sueños son posibles, sólo cuestan un poco más”
El próximo viernes 25 de septiembre, a las 19, la historia volverá a encontrarse con sus protagonistas en la sede central del SUTE, Coronel Plaza 556, Ciudad de Mendoza, donde se realizará la proyección y debate de Guentota, una escuela para el Puerto.
La actividad será también una oportunidad para discutir la vigencia de la escuela pública territorial y cercana a las familias, especialmente en tiempos en los que las tecnologías ocupan cada vez más espacio en los debates educativos.
La entrada será libre y se prevé la participación de protagonistas de aquella experiencia comunitaria. También habrá música en vivo con Raúl Reynoso y Estela Torino.
Te invitamos a escuchar la entrevista completa que permite profundizar mucho más en esta experiencia de organización territorial, el proceso de construcción de las escuelas del secano y el sentido del documental como memoria colectiva:
