El martes, en el programa “En Colectivo” de radio La Mosquitera, desarrollamos una publicación de Nabila Gomez, bióloga molecular quien trabaja también para el CONICET, sobre la función de la ciencia -en este caso particular la genética- puesta al servicio de los derechos humanos. Cómo las abuelas también interpelaron a la ciencia, en los años en que comenzaron la búsqueda de sus hijxs y cómo los y las científicxs respondieron, siendo parte de una herramienta de investigación que colaboró con la justicia e identidad en los casos de desaparecidxs y de lxs nietxs, comenzando un camino muy importante.
El ADN se encuentra en nuestras células y se hereda de progenitorxs a hijxs.
En el siglo XX, allá por 1953, Watson y Crick, investigadores ingleses, junto a la estadounidense Rosalin Franklin, dieron forma a lo que se llamó ADN. La ciencia empezaba a desentrañar los códigos de la vida.
Pero ¿cómo se relaciona esto con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo?
Cuando las madres de la Plaza comenzaron la búsqueda de sus hijes, y en algunos casos, de los bebes que sabían que habían nacido en cautiverio, no tenían muchos medios para hacerlo. Algunas de esas madres se paraban en las veredas o en las puertas de las escuelas, para observar a otras madres que iban con sus bebés en brazos, le miraban la carita, para intentar encontrar algún parecido con su hijo/a secuestrado/a. Era como buscar una aguja en un pajar.
Fue entonces cuando, leyendo un artículo de un diario que hablaba sobre cómo a partir de un análisis de sangre, se había determinado la paternidad de un hombre, las abuelas se preguntaron si existiría algún método para poder identificar a sus nietes nacidos en esas circunstancias. Así, comenzaron a conectarse con distintos especialistas, médicos, genetistas, etc, buscando respuestas sobre cómo podían ayudar desde la ciencia a encontrar a aquellxs bebes, sin darse cuenta que empezaban una increíble aventura entre ese grupo de madres o abuelas que buscaban y distintxs cientificxs de diferentes lugares del mundo, lo que terminaría en la construcción colectiva del ahora conocido “índice de abuelidad o de abuelismo”, para probar la relación de parentesco genético entre los y las abuelxs y esos niñxs apropiadxs.
Vamos a contar también otra historia paralela
Por esos años, el médico genetista Victor Penchaszadeh, trabajaba en Buenos Aires, y siempre había demostrado su sensibilidad social y su compromiso con el otro. Quizá por ello, una tarde de diciembre de 1975, la triple A (Alianza Anticomunista Argentina) lo fue a buscar a su laboratorio, en plena Santa Fe y Callao, e intentó secuestrarlo. Pero hubo un error en el secuestro -el coche que usarían para llevárselo- se demoró. En plena vereda de las calles porteñas, sus secuestradores lo tenían vendado y apuntándolo con armas, pero al demorarse el coche, la gente empezó a acercarse porque había “algo raro” y ellos decidieron salir raudamente dejándolo tirado allí. Eso lo salvó.
Ante tremenda experiencia, decidió irse del país, exiliarse, con su familia. En el exterior trabajó en Venezuela y luego se trasladó a Nueva York, desarrollando su tarea en distintas instituciones, una de ellas la Universidad de Columbia.
Las historias se cruzan
Volviendo a las abuelas de la Plaza, dijimos que habían comenzando a enviar cartas, a algunos referentes de ciencia de distintos países del mundo, buscando respuestas. Se entrevistaron con varios de ellos, por ejemplo, en Francia, en Italia, en Alemania. En todos lados preguntaban y según relata Estela de Carlotto “nos prometían seguir investigando porque nunca habían escuchado sobre el tema”. También fueron a la OEA, en Washington, por esta búsqueda.
Fue entonces que se conectaron con el Dr. Penchaszadeh, en EEUU y él, a su vez, en 1982, las contactó con la genetista estadounidense Mary-Claire King, quien junto a un equipo de investigadores de distintas ramas científicas, logró llegar a lo que se conocería como índice de abuelidad, un procedimiento científico que permite determinar la filiación de un niño en ausencia de sus padres mediante el análisis de material genético de sus abuelos y abuelas.
Justamente, ese era el problema. Estaban las y los abuelos, encontraban algunos bebes, pero faltaba una generación: la de lxs padres de esas criaturas. Sin embargo, después de mucho trabajo colectivo, lograron dar la respuesta que las abuelas esperaban. Ahora sí tenían un dato científico que podrían presentar ante la justicia, cuando encontraban a alguno de lxs niños apropiados.
Posteriormente, las técnicas de identificación genética por medio del análisis del ADN se fueron perfeccionando, facilitando la tarea de identificación de lxs niñxs encontrados, colaborando enormemente en la restitución de la identidad de esas personas, quienes aún hoy se siguen buscando.
En 1984 se identificó -por primera vez usando el índice de abuelidad-, a la nieta nro 23 Paula Eva Logares, quien se encontraba en manos del subcomisario de la Policía bonaerense, quien la había anotado con el falso nombre de Paula Lavallén. Este caso marcó un hito histórico: por primera vez, la justicia aceptó la evidencia científica del índice de abuelidad, como prueba de filiación.
De este modo, las abuelas de Plaza de Mayo, también fueron precursoras en posicionarse frente a la ciencia del mundo, pidiendo respuestas a sus interrogantes, y la ciencia, respondió.
A nivel mundial, en materia de genética forense, este índice demostró que era posible establecer vínculos de segundo grado con altísima certeza estadística.
Otro gran aporte en esta lucha de madres y abuelas fue que la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño incluyó sus aportes y hoy establece que la identidad es un derecho para todos los niños y niñas del mundo (artículo 8).
También debemos destacar que en 1984 se fundó el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Según el testimonio de uno de sus fundadores, Luis Bernardo Fondebrider, el EAAF “brindó la posibilidad de romper esa separación entre ciencia y sociedad, ciencia y derechos humanos, tratando de integrar las dos partes, haciendo a los familiares el centro de la tarea, teniendo muy en claro que ellos son los protagonistas, no los científicos”. Y en 1987 se creó el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), con el propósito de garantizar el archivo público y sistemático de material genético y muestras biológicas de familiares de personas secuestradas.
Esta es una historia absolutamente vigente hoy, ya que existen muchxs nietes que seguimos buscando, identidades robadas que es necesario reconstruir, y para lo cual, la ciencia viene dando enormes lecciones de cómo una sociedad madura, puede trabajar en conjunto, para volver a creer en la justicia. Todo esto, por supuesto, de la mano de las admiradas Abuelas de Plaza de Mayo.
Fuentes:
- Las abuelas y la genética. El aporte de la ciencia en la búsqueda de los chicos desaparecidos. Abuelas de Plaza de Mayo.