NUESTRA AMÉRICA CONVULSIONADA: LUCES Y SOMBRAS DE UNA ETAPA HISTÓRICA

Por: Germán Leyens – Comité de Solidaridad Latinoamericana

Las sucesivas convulsiones que sacuden a Nuestra América hacen imposible definir un fin, o al menos un punto de corte, para una película en la que la alegría y la tristeza se suceden rápidamente, llegando incluso a superponerse en algunos momentos, como ocurrió el fin de semana transcurrido entre el viernes 8 y el domingo 10 de noviembre: de la alegría por la liberación de Lula en Brasil a la tristeza y la rabia por el golpe de Estado que obligó a renunciar a Evo Morales en Bolivia, no ha habido estadios intermedios.

Lula fue encarcelado luego de un juicio evidentemente politizado y dirigido por el juez Moro, asiduo asistente a las manifestaciones contra Dilma Rousseff, y luego premiado por Bolsonaro con su nombramiento como Ministro de Justicia. Pero finalmente un tribunal decidió el viernes 8 que Lula podía ser excarcelado y seguir en libertad mientras se procesan sus apelaciones a la injustificada condena del “juez” Moro. El gobierno de Bolsonaro, un ex militar de ultraderecha, caracterizado por sus declaraciones provocadoras, llenas de odio, violencia y discriminación contra todo aquello que huela a progresista, a defensa de los derechos de los pueblos y de la naturaleza, ha atacado, no sólo verbalmente, a militantes sociales, políticos, ambientalistas e indígenas. También ha logrado la aprobación parlamentaria de proyectos de reformas laboral, previsional y de protección al medio ambiente, entre otros, que cercenan derechos sociales y crean mejores condiciones para la superexplotación de los trabajadores y de la naturaleza. Por eso la libertad de Lula puede ser un gran aporte a este difícil proceso de articular la oposición a un gobierno nefasto, no sólo para el pueblo brasileño, sino también para toda la región. Esto no excluye el necesario proceso de análisis crítico sobre las causas que llevaron al declive de la opción progresista y popular que tuvo varios logros durante sus gobiernos, especialmente en la mejora de las condiciones de vida para los sectores más empobrecidos de la población, pero eso no se tradujo en el desarrollo político de esos sectores para defender lo conquistado y profundizar las transformaciones necesarias para la construcción de una sociedad más justa y democrática.

Pero mientras Lula y el progresismo mundial festejaban su excarcelación, en la vecina Bolivia se ultimaban los detalles para consumar el golpe de Estado contra el gobierno encabezado por Evo Morales y Alvaro García Lineras. Luego de un turbulento y fallido proceso electoral, complicado desde su inicio, se realizaron las elecciones el domingo 20 de octubre. Finalmente el resultado favoreció a Evo Morales con un porcentaje del 10,5% superior a su inmediato rival, Carlos Mesa, lo que evitaba realizar una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados. En una sucesión de hechos, la oposición a Evo fue aumentando sus exigencias: del rechazo al escrutinio oficial, pasó al pedido de la auditoría de la OEA, lo que fue concedido por el gobierno; luego la oposición rechazó también esa auditoría, antes que terminara, y exigió el llamado a nuevas elecciones, lo que también fue concedido por Evo Morales y avalado por los auditores de la OEA; entonces exigieron que Evo no se presentara en esas nuevas elecciones, y ahí ya apareció en escena el turbio empresario Fernando Camacho, dirigente del Comité Cívico de Santa Cruz, una organización racista, oligárquica, conservadora y separatista. Este sujeto, dueño de empresas afectadas por las políticas del gobierno y deudor del Estado, encabezó la campaña para entregar personalmente en la casa de gobierno una carta de renuncia de Evo a la presidencia, la que finalmente entregó junto con una biblia. Todo esto en medio de violentos ataques a militantes y funcionarios del MAS-IPSP (Movimiento Al Socialismo-Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos), con el incendio de sus domicilios particulares y vejaciones varias. La deserción de la Policía Nacional Boliviana (PNB), primero, y luego de las Fuerzas Armadas, quienes pidieron también la renuncia al presidente constitucional, terminaron de cerrar el cerco y prácticamente obligaron a la renuncia de todo el gobierno, y de las presidencias de las cámaras de senadores y de diputados, lo que ha provocado una situación de acefalía institucional. Finalmente Evo aceptó la propuesta de asilo del gobierno de México, junto al vicepresidente y otros altos funcionarios de su gobierno.

Mientras tanto, distintos sectores populares resisten el golpe y enfrentan a la policía y a los militares: en El Alto, el mayor centro urbano popular de La Paz, en las carreteras los campesinos, lo que hace prever que el objetivo de Evo Morales al presentar su renuncia, “contribuir a la paz nacional y evitar el derramamiento de sangre”, difícilmente se llegue a cumplir. La mano del gobierno norteamericano, promoviendo y financiando a la derecha boliviana, es evidente y las pruebas que demuestran su descarada intervención en la escalada golpista son fehacientes. El gobierno del MAS-IPSP, más allá de sus errores, había logrado avances importantes en los planos económico y social, como el nivel de crecimiento económico (media anual del 5%) y del Producto Interno Bruto (4% anual), reducción de la pobreza y la pobreza extrema en más de un 20%, entre otros. Todos estos logros económicos se debieron fundamentalmente a la recuperación por parte del Estado boliviano del control de empresas estratégicas, como las de hidrocarburos, electricidad, comunicaciones y servicios públicos, y a una política de redistribución de los recursos obtenidos gracias a esa recuperación. Pero también hubo cambios en la realidad política y social, con la aprobación de una nueva constitución en la que se declara a Bolivia como un Estado Plurinacional, se recupera la identidad y dignidad de los pueblos indígenas y campesinos a través del reconocimiento de su existencia y sus derechos, se disminuyó la desigualdad de género y comunitaria, la Unesco lo consideró como libre de analfabetismo. Reconocer estos avances no implica desconocer las falencias, debilidades o errores cometidos por el gobierno depuesto. Pero la derecha boliviana y extranjera se levantó contra sus aciertos y para impedir la consolidación de un régimen contrario a sus intereses, aprovechando y acentuando sus debilidades y contradicciones, avasallando toda la institucionalidad democrática que declama defender.

Otro país hermano súbitamente convulsionado desde principios de octubre, es Chile. Desde la rebelión/evasión masiva protagonizada por los estudiantes secundarios contra el aumento del boleto del transporte público (evadir/ no pagar/ otra forma de luchar, fue la consigna), el pueblo de Chile se “despertó” del largo letargo neoliberal postdictatorial. “No son 30 pesos, son 30 años”, decían los carteles que portaban muchos de los millones de manifestantes que abrieron las grandes alamedas en Santiago y las principales ciudades del país. Un “basta” masivo a más de tres décadas de abusos e injusticias varias: como las jubilaciones miserables, los sueldos insuficientes y la super precarización y explotación laboral, la riqueza del país en manos de un grupito de familias empresarias, los privilegios de los militares y otras élites, la privatización y mercantilización de los servicios públicos, de la educación y la salud, las tropelías y crímenes contra los pueblos originarios, especialmente los mapuche, la destrucción del medio ambiente y la enajenación de los recursos nacionales. Esto no significa que antes no haya habido protestas en Chile, pero nunca tuvieron la amplitud, profundidad y extensión, de las actuales. Más de cuatro millones de personas han participado en las manifestaciones, y su contundencia ha estremecido la institucionalidad política, social y cultural del país. El “modelo” chileno hoy se muestra resquebrajado por semejante “terremoto”, cuestionador de todo lo que habían logrado construir las clases dominantes, con la complicidad política e ideológica de muchos sectores, supuestamente centro-izquierdistas, que tuvieron la oportunidad de acceder al gobierno en estas tres décadas y no modificaron un ápice ni del sistema, ni de la constitución que legalizaba y legaliza toda la desigualdad, los privilegios y los abusos que hoy cuestiona una gran mayoría. Por eso, además de las peticiones de aumento de salarios, de jubilaciones, de fin de la AFP, y otras tantas reivindicaciones de carácter socio-económico, se va unificando el reclamo por la convocatoria a una asamblea constituyente para elaborar una nueva constitución para Chile. También van jugando un papel más importante las organizaciones sociales, la mayoría de ellas integradas en la Mesa de Unidad Social, donde confluyen la Central Unitaria de Trabajadores, las Federaciones Estudiantiles, Pueblos Originarios, Coordinadora No+AFP, Ambientalistas, entre otras. Las respuestas del gobierno ha ido desde la represión más salvaje -que ya ha ocasionado 25 muertos, cientos de heridos, miles de detenidos, personas desaparecidas-, la declaración del estado de emergencia y el toque de queda, hasta el intento demagógico de manipular las manifestaciones, llamar a falsos diálogos, proponer agendas sociales con migajas, culpar a Cuba y Venezuela de los incidentes, y otras maniobras más que no han logrado, hasta ahora, desactivar el estado de movilización del pueblo chileno.

Hay muchas facetas más para analizar de esta etapa, y el Comité de Solidaridad Latinoamericana trata de hacerlo en cada uno de sus programas radiales. Las protestas contra la corrupción en Perú, el largo y dramático proceso de luchas populares en Haití, las revueltas en Ecuador, la heroica resistencia del pueblo y gobierno cubanos al bloqueo y las agresiones norteamericanas, el rechazo del gobierno y pueblo de Venezuela al intervencionismo yanqui y al cerco mediático, económico y político con el que han intentado ahogar el proceso bolivariano, el peligroso ballotage dentro de unos días en Uruguay, además de los inmensos desafíos que enfrenta el nuevo gobierno que asumirá en Argentina el próximo 10 de diciembre, donde el pueblo repudió a través de las urnas al régimen neoliberal. El fin de esta película es un final abierto. Lo importante es que sus protagonistas sigan siendo los pueblos, con sus luces y sombras

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