Sos Uber, Sos Rappi, Sos Precarizado

De casa al trabajo y del trabajo al otro trabajo. Y, como si fuera poco, si tenés suerte, de ahí a buscar un tercer laburo porque la plata no alcanza. Los seres humanos que vivimos en la Argentina —nuestro país, aunque a veces no lo parezca— debemos agachar el lomo; y de dormir, ni pensarlo. ¿Disfrutar? Ni en pedo.

En el siglo diecinueve, el capataz, látigo en mano, te daba duro en la espalda. Ni chistar: laburá y callate la boca. Trabajar ocho horas y a descansar… ¡¿Qué?! No existían las ocho horas ni el derecho al descanso; todo era para cuando el patrón quisiera. De sol a sol.

Pero cómo avanzó la sociedad del siglo veintiuno, qué mejor que está el pueblo en la Argentina. El capataz ya no está. Ahora somos libres, ¡carajo! Somos empresarios de nuestro propio esfuerzo: cuando queremos trabajar, trabajamos, y cuando no queremos, no lo hacemos. Si estoy enfermo, me quedo en casa. No me digan que no avanzamos. Somos unos genios de la superación social.

Durante el menemismo terminamos todos echados, todos indemnizados, todos enquioscados. En la misma cuadra, tres quioscos.
– ¿Vendiste algo, Miguel? – Miguel se asomaba por la ventana del comedor de su casa, arreglada para abrir el quiosquito, y gritaba:
– Nada, che. Ayer tampoco -.

Por los años noventa, los desocupados eran la moneda corriente entre los habitantes de la Argentina. Ni un mango en la calle; de los jubilados, ni hablar: todos muertos de hambre. Pasó un tiempo, algo así como miles de años en sensación de sufrimiento, y el “voto heladera” hizo estallar todo:
-Viejo, desenchufala, si igual no hay ni leche y gasta luz-.

La memoria, la historia, la derecha. Cuando falla la memoria y la historia se desconoce, entonces la derecha festeja.

Bienvenidos a la maravillosa uberización, ese mundo de la fantasía donde te reciben como “socio” o “empresario del volante” para que no te sientas esclavo, sino tu propio jefe. Tenés la hermosa sensación de ser dueño de tu destino. Pero si mañana se te rompe el radiador del auto o se te corta un rayo de la bici, como vivís al día, tu única libertad consiste en ver de dónde sacás un mango para arreglar el coche, la moto o la bici. Como ya le mangueaste a tu tío y a tu hermana, sólo te queda elegir a qué billetera virtual o plataforma usurera le vas a entregar el alma a cambio de una tasa superior al 700% anual. Fin de la historia: MOROSO.

En 1817, un socialista llamado Robert Owen —visto desde hoy, un romántico que todavía creía en la humanidad— inventó un eslogan perfecto: «Ocho horas de trabajo, ocho de recreación, ocho de descanso». Mirá vos. No me digan que no suena razonable: trabajar para vivir y no sobrevivir para trabajar.

La genialidad de este sistema de plataformas, donde el jefe no tiene oficina, no tiene cara porque es un algoritmo y el rebenque cambió en un “no te doy más viajes”, es que logró resolver el viejo dolor de cabeza de quienes tienen la tarasca: el riesgo empresario.

En el empleo tradicional, ese que todavía se llama “en blanco”, el empleador tiene que hacerse cargo de los aportes. Si te enfermás, no te descuentan; tenés vacaciones pagas, cada seis meses llega el aguinaldo y, a cierta edad, la jubilación.

Con el gobierno actual —repetición de otros iguales que llegan gracias al voto con falta de memoria— ni con lupa encontrás un laburo que te garantice todos estos derechos. Ahora el riesgo se democratizó: es todo tuyo. Te convencieron de que sos libre.

Hace tres años, cuando empezaron los despidos, el fantasma del desempleo a algunos creían que les quedaba lejos. A los que les tocó, se largaron a Uber, otros a Rappi; pongamos el nombre de la empresa que queramos. Al principio iba bien. Eran pocos por plataforma y eso significaba mucho trabajo y buenas tarifas. Pero como siempre pasa, si hoy le toca al prójimo, en algún momento te va a tocar a vos.

Los echados fueron aumentando semana a semana, las empresas fueron quebrando, la uberización fue creciendo y los “Rappi” también. Bajó el laburo, bajó la ganancia, y quienes fueron alguna vez trabajadores con derechos pasaron a ser el desecho del sistema.

Cuando un topo viene a destruir el Estado, también destruye los derechos y la justicia social. Si todavía no te tocó, sabelo: más temprano que tarde, te va a tocar.

La memoria no hace la felicidad, pero cómo ayuda.

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