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ABRAZOS

Se piensa que el abrazo es un mero saludo, un simple gesto. Que el abrazo es un acto cordial de amistad, una entrega cariñosa que se da a alguien que lo merezca, para un conocido basta con un apretón de manos. En fin, se reconoce al abrazo como una formalidad en las relaciones humanas de los humanos. Pero el abrazo, en realidad, es el contacto de dos cuerpos que dialogan más allá de sus dueños. Los cuerpos en el abrazo tienen independencia, una brutal y magnífica independencia que hace que una vez iniciado ya no respondan a sus mandos superiores, entendamos con esto, que no nos responden más a nosotros y a nuestras limitaciones, a nuestros miedos, a nuestro raciocinio. Los abrazos esencialmente son rebeldes y solidarios, una vez que se despiertan y actúan ya nadie los detiene. Ellos van solos en busca de alegrías, las generan, las comparten y las contagian. A mí me ha pasado. Una mañana de hace vaya a saber cuánto tiempo, di un abrazo, de esos que se deben evitar, según me enseñaron y enseñan las leyes de la formalidad, de esos donde se percibe el riesgo, un riesgo que viene frontal, un abrazo determinante, peligroso, sedicioso, un abrazo que llega para consumar su momento deseado, la unión con el nuestro y por lo tanto la ruptura del orden. Ese abrazo llegó y se me escapó de control, imaginé que podría resistirlo, pero el abrazo tomó las riendas de los cuerpos y no había forma de pararlo. Intenté despegarme, hasta mordí mi hombro, nada, ni sentí el dolor, igual que si hubiera mordido un hombro ajeno. Ese abrazo de aquel día, de aquella mañana puso en alerta a mis mandos internos, esos que detienen los excesos, los que utilizan las palabras: moderar, prudencia, cordura. Ese abrazo me dejó tal huella de locura que hasta hoy no puedo borrarla. Desde aquel día supe que existe una frontera donde uno es débil y cede, también aprendí que cierta debilidad nos lleva a resucitar la esperanza.

Después el tiempo pasó y aparecieron distintos abrazos, no como aquel, pero importantes. Algunos de bienvenida, otros para el recuerdo, otros que dejaron una tibieza especial, ya que se comprende en el instante que no van a regresar por mucho tiempo, o tal vez peor, que nunca más van a regresar. Hay abrazos que uno quisiera dar pero el otro cuerpo está lejos, entonces, debemos conformarnos con la memoria. Hay abrazos de ternura y algunos que son para el olvido. Pero los abrazos, eso aprendí a lo largo de los años, los abrazos son el mejor diálogo entre los humanos, con gusto uno arriesga a quedar expuesto ante su acto de rebeldía. Gracias a ellos nos sentimos menos solos frente al universo. Cuando estamos unidos con alguien se siente que la vida vale la pena, hay un estado de libertad y de descontrol que merece ser disfrutado. Durante el abrazo, somos inconscientemente humanos.

Para mí, igualmente, de tantos abrazos que llevo entregados y recibidos, me sigue perturbando aquél que se fue totalmente de mis manos, el primero, a ése le doy gracias por su vocación de entrega, por enseñarme y por aún repetirse mágicamente día tras día.

Carajo que valió y vale la pena el riesgo.

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