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SALUD, INFANCIAS Y MEDICALIZACIONES 

Por Elena Ríos

Este escrito remite a un problema actual, y como tantas otras cuestiones que importan, está silenciado, callado, oculto. Los grandes medios no nos hablan de lo que está pasando verdaderamente… sólo nos cuentan y nos hablan de aquello que tiene “pauta” (podría decir “plata” también). Por afuera de la “pauta” nadie se anima a decir mucho.

¿De cuántas cosas no se habla en los grandes medios? ¿De cuáles cosas no se habla? ¿Son cosas de las que no se habla? ¿O son historias de vida, de otres persones lo que se tapa y se oculta?

Aquí vamos a hablar, o escribir, de la infancia. Definitivamente no es una cosa. Es más bien, al menos, historia. La infancia tiene historia.

¡Qué paradoja! Creemos que “cuando seamos grandes vamos a saber” y en realidad si la adultez se corriera un poco de creer que “las cosas importantes son las de los grandes”…cuánto más amables seríamos. Amables en el sentido de construir amor. Sí.

Estamos en una época sin infancia. No porque no exista, sino porque nosotres…”los adultos”, parece que vivimos sin infancia, sin la propia. La pantalla ha capturado nuestra actividad psíquica, emocional y social. En todos lados hay pantallas, en los trenes, en los micros, en la vida cotidiana, en las plazas, en las escuelas, en las casas, en las autopistas, en las oficinas, en las fábricas, en los comedores, en las calles…ufff inundación de pantallas, de imágenes y sonidos del mercado.

La vida está mediada por la imagen virtual. El encuentro con el otre es via chat, app, tweet. Cuesta acariciar, aprender, escuchar, hablar. Y este exceso virtual nos deja atónites en el encuentro real con otres. Sin embargo esta vida virtual es una creación del mundo adulto…..No de les niñes.

Responsabilizar a les jóvenes está pasado de moda, por suerte. “Las pibas” hicieron y hacen mucho por mostrarnos todo lo que se puede amar y cambiar y luchar siendo jóvenes, como siempre ha sido…. Es tiempo de que nos hagamos cargo. “Es que los chicos de hoy” ya venció. Es una explicación que huele a rancio.

La adultez de hoy está haciendo estragos. Llenamos de pantallas la vida de les niñes, los entretenemos cuando hacen ruido dándoles el celular, cuando no sabemos cómo acallar sus demandas, cuando se enojan, cuando lloran mucho y estamos en público…les negociamos una pantalla un rato “si se portan bien”.

La virtualización de la vida cotidiana está produciendo niñes que se golpean al jugar como manera de registrar algo del cuerpo, con dificultades en la adquisición del lenguaje, con abismos a la hora de encontrarse con otres, sin saber cómo convocar la atención, cómo pedir, cómo jugar, como construir historias que permitan encontrar, preguntar, imaginar, crear mundos.

¿Y qué otra cosa ofrece esta época? Pastillas. Para grandes y chiques. Pastillas para que “los adultos” no nos preguntemos nada y no nos demos cuenta qué debemos cambiar nosotres para que el mundo sea distinto.

Pastillas para que, sin preguntarnos, les niñes no molesten. Pastillas para doparlos. Diagnósticos para recetar pastillas. Trastornos de todo tipo para repartir, trastornos de atención, de actividad, autistas, de sueño, de ánimo. Y para cada trastorno claro está, una pastilla “sugerida”.

Resulta que la angustia, la tristeza, la inquietud, la ansiedad, el miedo, todo se pretende explicar por desórdenes neuronales y químicos. Siendo innegable que en algunas situaciones la medicación es una herramienta fundamental en el marco de un tratamiento integral, se nos intenta convencer de que con químicos se solucionan los males de la época, las angustias de época. A esta política se la llama medicalización de la vida cotidiana, medicalización de la infancia, medicalización por doquier. Esta política es impulsada por los grandes laboratorios farmacológicos que dominan el mercado mundial de medicamentos. Nos empastillan y nos dejamos empastillar. No sea que despertemos y salgamos a cambiar.

Con las pastillas nos ajustan, nos dopan, nos medican, nos drogan. Hasta ahora era para las familias de sectores medios que pudieran pagar lo que neurólogos, pediatras, psiquiatras, psicólogxs y demás especialistas infantiles les recetaran, práctica habitual entre ciertos profesionales de la provincia.

En nuestro país con la reciente “Ley de dislexia” se obliga a obras sociales a cubrir tratamientos medicamentosos para diagnósticos referidos a esa “patología”. Diagnósticos que se harían casi como un tatetí a través de cuestionarios estandarizados contestados por docentes o familias, sin necesidad de un profesional interviniente. El negocio, a través de la patologización rápida de la infancia y de la angustia que generan estas etiquetas en las familias, encuentra así posibilidades de expandirse. Sin embargo como sostiene Gisela Untoglich en su último libro: “En la infancia los diagnósticos se escriben con lápiz”

En fin, la medicalización está a la orden del día, parece que con sus drogas legales deberíamos sentirnos “mejor”. Pero la infancia resiste, grita, no lee, no aprende, no responde, se mueve mucho, no presta atención, no se adapta. Agradezcámosle. Y animémonos a reencontrarla. No pongamos pantalla, pongamos escucha que, aunque la intenten acallar con sus drogas, algo la infancia nos está gritando.

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