En el 82 había una dictadura que nos metió en una guerra, y los pibes muertos los puso el pueblo. Ahora hay un gobierno elegido por el pueblo y, desde que asumió, ni chistó por el robo en nuestras Malvinas; es más, el presi tiene una foto de Margaret Thatcher en su escritorio.
Para hacer memoria, hace un tiempo Milei le decía al diario británico The Telegraph que una solución diplomática con el Reino Unido solo se daría «cuando los habitantes de las islas así lo deseen». Nunca consideró que era una población implantada tras la usurpación británica de 1833.
Che, presidente, los piratas no son amigos.
El Mario es de los que volvieron de Malvinas en el 82, pero una parte de sus veinte años se quedó para siempre en Monte Longdon. El Melli se le arrimó a la mesa; venía con una jarrita de vino para agregarle al vaso casi vacío.
—¿Escuchaste al Presi, Mario? —le dijo mientras servía sin preguntarle si quería más—. Usó la cadena nacional. Se acordó de nuestras islas.
Mario sabía y estaba emputecido. Existía la Ley Nº 26.659 (llamada «Ley Pino Solanas» por el senador que la impulsó), que fue votada por unanimidad en el Congreso de la Nación el 16 de marzo de 2011. Su objetivo principal es prohibir y sancionar penal y económicamente a cualquier empresa que realice actividades de exploración o explotación de hidrocarburos (petróleo y gas) en la Plataforma Continental Argentina sin autorización del Estado nacional.
—Tenía la ley, la habían cajoneado. ¿Qué se hace el patriota ahora, el más malvinero? Dejate de joder —dijo, triste y enfurecido. Le pegó un trago al vino y miró al Melli—: ¿Es de los Garofoli, no?
—Qué otro te iba a dar, Mario.
Van a extraer petróleo al norte de nuestras islas y de nuestra plataforma submarina; el nombre del proyecto es Sea Lion. Pero adentro sabemos qué empresas están. Una se llama Navitas Petroleum, con el 65 % de participación, ésta es israelí. El otro socio es Rockhopper Exploration, con el 35 % de participación, los dueños del Reino Unido. El fundador y actual director ejecutivo es el británico Samuel «Sam» Moody. Pero hay una fuerte composición de fondos de inversión israelíes.
—Este muchacho confunde la guerra con un set de televisión, Melli —agregó Mario—.
Desde que subió al gobierno ni bola nos dio, encima nos recortó las pensiones y andaba por el mundo diciendo que su ídola máxima era Margaret Thatcher. Ahora las encuestas le dan mal y se agarra del primer salvavidas que pasa. Meta hablar de la libertad, libertad, y resulta que la libertad era para que una empresa de Tel Aviv se asocie con los piratas que nos mataban de frío en las trincheras.
El presidente se saca fotos con la bandera de Israel y dice que son sus aliados estratégicos, pero cuando esos mismos aliados vienen a vaciar el mar patagónico con el permiso de los británicos, el tipo sale a hacer un berrinche por televisión para que no lo traten de vendepatria. Cuando las cosas van mal en casa, inventás una causa patriótica de cotillón para ver si la tribuna se olvida de que el bolsillo está seco. Mientras tanto, el petróleo se va en barcos que ni vamos a ver pasar.
Mario le pegó el último sorbo al vino para irse. Ya era tarde; el Melli bostezaba apoyado en el mostrador.
En los inviernos no hay un alma caminando por la Avellaneda. Con las manos metidas en los bolsillos de la campera verde, Mario lucía las Malvinas celestes y blancas en el pecho.
Caminaba y pensaba que la historia siempre se repite: primero como tragedia y, cuarenta y cuatro años después, como una mala caricatura televisada.
Los muertos siempre los pone el pueblo.