El amanecer no llegó a la Patagonia aquel 22 de agosto de 1972; en la Base Almirante Zar el tiempo se detuvo con plomo.
En la penumbra esperaban quienes días antes habían roto candados en el Penal de Rawson. Los diecinueve que no pudieron escapar, ante las cámaras y jueces, se aferraron al débil hilo del compromiso firmado: ser tratados según la Ley y el respeto de sus vidas. Pero en aquel rincón del mundo, la ilusión iba a ser devorada por la fiera de los que mandan.
A las 3:30 de la madrugada, las botas con metal y órdenes claras irrumpieron para llevarse la sangre. No hubo lucha, no hubo un ruego, ni el vuelo herido de un intento de escape; fue la verdad desnuda de un fusilamiento. Pies descalzos, helados sobre la escarcha, mirando de frente a su propia muerte. Bocas de fuego embistieron la noche y el plomo destruyó cada cuerpo joven; el golpe seco se hundió en las carnes vivas. El cemento de sangre bebió esa savia y dejó las huellas de dieciséis corazones abatidos. El amanecer no llegó; el hilo más delgado del compromiso ante las cámaras y jueces se rompió para siempre.
Los verdugos de orden y de ejecución intentaron cavar una fosa a la memoria, sembrar el olvido en la historia bajo el disfraz de un intento de fuga. Nuestra argentina está repleta de esos olvidos. Pero las balas tropezaron con la vida: tres conciencias salvadas del invierno de plomo. Esas muertes no logradas hablaron, contaron la infamia y la verdad no pudo ser enterrada. Los mártires de Trelew se llenaron de viento patagónico, se volvieron raíces profundas y aún hoy siguen susurrando o gritando en nuestros oídos. Cuarenta inviernos después, en el 2012, la justicia dictó que aquellos fusilamientos eran un crimen de lesa humanidad.
LA MEMORIA FUE HERIDA, PERO JAMÁS DERROTADA